1929-1932: Capítulo 12. El comité ejecutivo, de la Historia de la Revolución Rusa.
(viene de pg. anterior)
Los adversarios reaccionarios del Comité
ejecutivo hicieron resaltar más de una vez, andando el
tiempo, el hecho de que formaran parte de él muchos elementos
racialmente alógenos: judíos, georgianos, letones,
polacos, etc. Si bien en proporción con el total de los
miembros del Comité ejecutivo estos elementos ocupaban
un lugar preeminente en la Mesa, en las comisiones políticas,
entre los ponentes, etc. Y como quiera que los intelectuales de
las nacionalidades oprimidas, concentrados principalmente en las
ciudades, llenaban abundantemente las filas revolucionarias, no
tiene nada de sorprendente que la cifra de estos elementos fuera
bastante considerable entre la vieja generación de red
de revolucionarios. Su experiencia, aunque no siempre fuera de
elevada calidad, les hacía insustituibles en el momento
de elaborar nuevas formas sociales. Sin embargo, es completamente
absurdo querer presentar la política de los soviets y la
marcha de la revolución como un resultado de la invasión
de estos elementos. Aquí, el nacionalismo pone de manifiesto
una vez más su desprecio por la verdadera nación,
es decir, por el pueblo, presentándole, en el período
de su gran despertar nacional, como un simple instrumento en manos
extrañas y advenedizas. ¿Por qué y cómo
estos elementos extraños a la raza obtuvieron una fuerza
tan milagrosa sobre millones de hombres? En realidad, lo que ocurre
es que, en momentos de gran transformación histórica,
la gran masa de la nación pone, a veces, a su servicio
a los elementos que ayer eran todavía oprimidos, y que
por esta razón se muestran más dispuestos a dar
expresión a los nuevos fines. No es que los pueblos racialmente
extraños conduzcan la revolución; lo que ocurre
es que la revolución nacional se aprovecha de ellos. Así
sucedió incluso durante las grandes reformas implantadas
desde arriba. La política de Pedro I no dejó de
ser nacional cuando, desviándose de su antiguo camino,
puso a su servicio a los elementos alógenos y a los extranjeros.
Los artífices del barrio alemán y los constructores
holandeses de buques expresaban mejor, en aquel período,
las necesidades del desarrollo nacional de Rusia que los popes
rusos, descendientes no pocas veces de Grecia, o los boyardos
moscovitas que se lamentaban tanto de la invasión de extranjeros,
aunque ellos mismos descendiesen de los extranjeros que formaran
el Estado ruso. En todo caso, la intelectualidad alógena
de 1917 se enrolaba en los mismos partidos que la rusa, adolecía
de los mismos defectos y cometía los mismos errores, con
la particularidad de que los elementos racialmente extraños
de los medios mencheviques y socialrevolucionarios, se distinguían
por un celo especial, en lo que se refería a la defensa
y a la unidad de Rusia.
Ésta era la faz que presentaba el
Comité ejecutivo, órgano supremo de la democracia.
Dos partidos que habían perdido las ilusiones, pero que
conservaban los prejuicios, con un estado mayor de jefes incapaces
de pasar de las palabras a los hechos. Veíanse colocados
al frente de una revolución llamada a romper cadenas centenarias
y a echar los cimientos de una nueva sociedad. Toda la actuación
de los colaboracionistas fue una serie de contradicciones dolorosas,
que dejaron exhaustas a las masas populares y prepararon las convulsiones
de la guerra civil.
Los obreros, los soldados y los campesinos
tomaban las cosas en serio y entendían que los soviets
creados por ellos debían emprender inmediatamente la extirpación
de las calamidades que habían engendrado la revolución.
Todos acudían a los soviets. ¿Y quién no tenía
algo de qué lamentarse? Todo el mundo exigía decisiones
rápidas, confiaba en la ayuda, confiaba en la justicia,
insistía en la revancha. Los oprimidos daban por sentado
que el poder enemigo había sido reemplazado, al fin, por
el suyo propio. El pueblo tiene confianza en el Soviet, está
armado; por lo tanto, el Soviet es el poder. Así lo creían,
y ¿acaso no tenían razón para creerlo? Una
avalancha constante de soldados, de obreros, de mujeres de soldados,
de pequeños vendedores, de empleados, de madres, de padres,
abría y cerraba las puertas, buscaba, preguntaba, lloraba,
exigía, obligaba a tomar medidas, a veces indicaba con
precisión qué medidas debían tomarse y erigía,
efectivamente, al Soviet en un poder revolucionario. «Esto
no redundaba en provecho del Soviet, y no entraba, desde luego,
en los planes del mismo», se lamentaba nuestro conocido Sujánov,
que, como es natural, luchaba contra todo esto en la medida de
sus fuerzas. ¿Con qué resultado? Sujánov se
ve obligado a reconocer que «el aparato soviético
fue desplazando automáticamente, contra la voluntad del
soviet, a la máquina oficial del Estado, la cual funcionaba
cada vez más en el vacío». ¿Qué
hacían para evitarlo los doctrinarios de la capitulación,
los conductores de esa máquina que funcionaba en el vacío?
«No había más remedio que conformarse y hacerse
cargo de toda una serie de funciones administrativas -reconoce
melancólicamente Sujánov-, sosteniendo al mismo
tiempo la ficción de que era el palacio de Marinski el
que gobernaba.» He aquí a lo que se dedicaba aquella
gente, en un país arruinado, sobre el que ardían
las llamaradas de la guerra y de la revolución: salvaguardar
con medias carnavalescas el prestigio de un gobierno que el pueblo
rechazaba orgánicamente. ¡Que se hunda la revolución,
pero que se salve la ficción! Al mismo tiempo, el poder
que aquella gente expulsaba por la puerta volvía a entrar
por la ventana, cogiéndolos cada vez más desprevenidos
y colocándolos en una situación ridícula
e indecorosa.
Ya en la noche del 28 de febrero, el Comité
ejecutivo suprimió la prensa monárquica y no dejó
publicarse más periódicos que los autorizados. Se
levantaron numerosas protestas. Los que más alzaban la
voz eran los que estaban acostumbrados a cerrar la boca a todo
el mundo. Unos días después, el Comité ejecutivo
hubo de plantear nuevamente la cuestión de la libertad
de prensa: ¿Autorizaba o no la salida de los periódicos
reaccionarios? Surgieron discrepancias de criterio. Los doctrinarios
tipo Sujánov sostenían el de la absoluta libertad
de prensa. Cheidse, en un principio, no se mostró de acuerdo
con esto: ¿Cómo se iban a dejar las armas en manos
de los enemigos mortales sin ninguna traba? Digamos de paso que
a nadie se le ocurrió someter la cuestión al gobierno.
Y se comprende, pues hubiera sido inútil: los tipógrafos
no acataban más disposiciones que las del Soviet. El 5
de marzo, el Comité ejecutivo confirmó el acuerdo:
clausurar las publicaciones de derecha y someter al Soviet la
salida de nuevos periódicos. Pero ya el día 10 esta
decisión fue anulada bajo la presión de los elementos
burgueses. «Bastaron tres días para que la gente entrara
en razón», decía Sujánov, triunfante.
¡Entusiasmo infundado! La prensa no está por encima
de la sociedad. Las condiciones de su existencia durante la revolución
reflejan la marcha misma de ésta. Cuando la revolución
toma o puede tomar el carácter de guerra civil, ninguno
de los campos beligerantes admite la existencia de prensa enemiga
en la órbita de su influencia, de la misma manera que no
se desprende voluntariamente del control sobre los arsenales,
los ferrocarriles o las imprentas. En la lucha revolucionaria,
la prensa no es más que una de tantas armas. Por lo menos,
el derecho a la palabra no es más respetable que el derecho
a la vida, que la revolución se arroga también.
Puede afirmarse como ley que un gobierno revolucionario es tanto
más liberal, tolerante y «generoso» con la reacción,
cuanto más mezquino es su programa, cuanto más enlazado
se halla con el pasado y más conservador es su papel. Y
a la inversa: cuanto más grandiosos son los fines y mayor
la suma de derechos conquistados e intereses lesionados, más
intenso es el poder revolucionario y más dictatorial. Podrá
ser esto un mal o un bien; el hecho es que si hasta ahora la humanidad
ha conseguido avanzar, ha sido siguiendo este camino. El Soviet
tenía razón cuando quería mantener en sus
manos el control sobre la prensa. ¿Por qué renunció
tan fácilmente a ejercerlo? Porque había renunciado
a toda lucha seria. El Soviet no aludía para nada a la
paz, ni a la tierra, ni siquiera a la república. Cuando
entregó el poder a la burguesía conservadora no
tenía motivos para temer nada de la prensa de derechas
ni para pensar que se vería en el trance de luchar contra
ella. En cambio, pocos meses después, el gobierno, apoyado
por el Soviet, adoptaba una actitud de implacable represión
contra la prensa de izquierdas. Los periódicos de los bolcheviques
veíanse suspendidos, sin empacho, uno tras otro.
El 7 de marzo declama en Moscú Kerenski:
«Nicolás II está en mis manos... Yo no seré
nunca el Marat de la revolución rusa... Nicolás
II se dirige a Inglaterra bajo mi vigilancia personal»...
Las damas arrojaban flores, los estudiantes aplaudían.
Pero las masas se agitaban. No se había visto nunca una
revolución sería, e decir, que tuviera algo que
perder, que mandara al extranjero al monarca destronado. De los
obreros y soldados llegaban reclamaciones constantes pidiendo
que se detuviese a los Romanov. El Comité ejecutivo tuvo
la sensación de que en este asunto no se podía andar
con bromas. Se decidió que el Soviet tomara en sus manos
la suerte de la familia real: con ello, se reconocía abiertamente
que el gobierno no era digno de confianza. El Comité ejecutivo
dio a todas las líneas férreas orden de que no se
dejase pasar a Romanov: he aquí por qué el tren
del zar andaba errante de un lado para otro. Fue designado para
proceder a la detención de Nicolás uno de los miembros
del Comité ejecutivo, el obrero Gvozdiov, menchevique de
derecha. De este modo quedaba desautorizado Kerensky, y con él
todo el gobierno. Pero éste no dimitió, sino que
se sometió calladamente. Y el 9 de marzo, Cheidse informaba
al Comité ejecutivo que el gobierno había «renunciado»
a la idea de trasladar a Nicolás II a Inglaterra. La familia
del zar fue arrestada en el Palacio de Invierno. Con esto, el
Comité ejecutivo se robaba a sí mismo el poder de
debajo de la almohada. Y del frente no cesaban de llegar peticiones
cada vez más insistentes para que se recluyese al ex zar
en la fortaleza de Pedro y Pablo.
Las revoluciones han señalado siempre
transformaciones profundas en el régimen de la propiedad,
no sólo por la vía legislativa, sino también
por la de la acción espontánea de las masas. La
revoluciones agrarias no se han producido nunca de otro modo en
la historia, las reformas legales han venido siempre, invariablemente,
después del «gallo rojo». En las ciudades, el
margen de expropiaciones espontáneas ha sido siempre menor,
las revoluciones burguesas no se proponían conmover las
bases de la propiedad burguesa. Pero no ha habido aún,
que sepamos, ninguna verdadera revolución en la cual las
masas no se apoderaran de los edificios pertenecientes antes a
los enemigos del pueblo, para ponerlos al servicio de las necesidades
sociales. Inmediatamente después de la revolución
de Febrero, salieron de la clandestinidad los partidos, surgieron
los sindicatos, por todas partes se celebraban mítines,
todas las barriadas tenían sus soviets; todo el mundo tenía
necesidad de locales. Las organizaciones se apoderaban de las
villas deshabitadas de los ministros o de los palacios vacíos
de las bailarinas del zar. Los perjudicados se quejaban a las
autoridades, cuando no intervenían éstas espontáneamente.
Pero como los expropiadores eran, en rigor, los dueños
del poder, y el poder oficial era un fantasma, los fiscales se
veían, en fin de cuentas, obligados a dirigirse al mismo
Comité ejecutivo, con la demanda de que se restablecieran
los derechos atropellados de las bailarinas, cuyas funciones,
poco complicadas, eran pagadas con el dinero del pueblo por los
miembros de la dinastía. Como era de rigor, se ponía
en movimiento a la Comisión de enlace, los ministros trataban
el asunto en sus sesiones, la mesa del Comité ejecutivo
deliberaba asimismo acerca de él, se enviaban delegaciones
a parlamentar con los expropiadores y la tramitación duraba
meses enteros.
Sujánov dice que, en su calidad de
hombre de «izquierdas», no tenía nada que oponer
a las intromisiones legales de carácter radical en el derecho
de propiedad pero que, en cambio, era «enemigo» declarado
de toda «expropiación espontánea». He
aquí los subterfugios con que estos seudo izquierdistas
acostumbraban a cubrir su bancarrota. Un gobierno verdaderamente
revolucionario hubiera podido, indudablemente, reducir al mínimo
las expropiaciones caóticas mediante la publicación
oportuna de un decreto sobre la requisa de los locales. Pero los
colaboracionistas de izquierda habían cedido el poder a
los fanáticos de la propiedad para después predicar
vanamente a las masas el respeto a la legalidad revolucionaria...
al aire libre. El clima de Petrogrado es poco favorable al peripatetismo.
Las colas, estacionadas a las puertas de
las panaderías, dieron el último impulso a la revolución
y fueron la primera amenaza para el nuevo régimen. Ya en
la asamblea de constitución del Soviet se decidió
crear una Comisión de subsistencias. El gobierno se preocupaba
poco del abastecimiento de la población de la capital y
no hubiera tenido inconveniente alguno en rendirla por el hambre.
Era, pues, misión del Soviet ocuparse de ello. El Soviet
disponía de economistas y estadistas con cierta práctica,
que habían servido antes en los órganos económicos
y administrativos de la burguesía. Tratábase, en
la mayoría de los casos, de mencheviques de derecha, como
Groman y Cherevanin, o de los ex bolcheviques que habían
evolucionado muy a la derecha, como Bazarov y Avilov. Pero, tan
pronto como se vieron frente a frente con el problema de abastecer
la capital, la situación les obligó a proponer medidas
extremadamente radicales para poner coto a la especulación
y organizar el mercado. Después de una serie de sesiones,
el soviet adoptó todo un sistema de medida de «socialismo
de guerra», que comprendían la requisa de todas las
reservas de trigo, proporcionados a los que se establecían
para los productos de la industria, el control del Estado sobre
la producción, el intercambio regular de mercancías
con el campo, etc. Los jefes del Comité ejecutivo se miraban
unos a otros inquietos; pero como no sabían que proponer,
no tuvieron más remedio que adherirse a aquellos acuerdos
radicales. Los miembros de la Comisión de enlace los transmitieron
luego tímidamente al gobierno. Este prometió estudiarlos.
pero ni el príncipe Lvov, ni Guchkov, ni Konovalov, tenían
muchas ganas de fiscalizarse y requisarse a sí mismos y
a sus amigos. Todos los acuerdos económicos del Soviet
amenazaban estrellarse contra la resistencia pasiva del aparato
burocrático si no se llevaban a la práctica por
los propios soviets locales. La única medida eficiente
que impuso el Soviet de Petrogrado, en lo que a subsistencias
se refiere, fue el establecimiento de una ración de tasa
para el pan: libra y media para las personas dedicadas al trabajo
físico y una libra para las demás. Cierto es que
este racionamiento no determina todavía modificaciones
en el presupuesto real de alimentos de la capital: con libra o
libra y media de pan se puede vivir. La insuficiencia diaria en
la alimentación vendrá más tarde. La revolución
tendrá que apretarse cada vez más el cinturón
sobre el vientre, no por meses, sino por años enteros,
y la revolución soportará también esa prueba.
Ahora, lo que la atormenta no es aún el hambre, sino lo
desconocido, la incertidumbre del giro tomado, la desconfianza
en el mañana. Las dificultades económicas, agudizadas
por treinta y dos meses de guerra, llaman a las puertas y a las
ventanas del nuevo régimen. La desorganización de
los transportes, la escasez de materias primas, el desgaste de
una parte considerable del instrumental, la inflación inminente,
la desorganización del comercio: todo esto exige medidas
audaces e inaplazables. Los colaboracionistas, que comprendían
su necesidad desde el punto de vista económico, las hacían
imposibles en el terreno político. Cada problema económico
con que tropezaban se convertía en la condenación
de la dualidad de poderes, y cada decisión que se veían
obligados a tomar, les quemaba los dedos de un modo insoportable.
La jornada de ocho horas fue una gran piedra
de toque, el gran problema que sirvió para poner las fuerzas
a prueba. La insurrección ha triunfado, pero la huelga
general continúa. Los obreros están seriamente convencidos
de que el cambio de régimen debe traducirse en alguna modificación
favorable de su modo de vida. Esto inquieta inmediatamente a los
nuevos gobernantes, tanto liberales como socialistas. Los partidos
y periódicos patrióticos lanzan su llamamiento:
«¡Los soldados, a los cuarteles; los obreros, a las
fábricas!» Es decir, «¿que todo sigue como
antes?», se preguntaban los obreros. Por el momento, sí;
contestan, confusos, los mencheviques. Pero los obreros comprenden
que si no arrancan modificaciones inmediatas, en lo sucesivo será
todavía peor. La burguesía confía a los
socialistas la misión de arreglar las cosas con los obreros.
Fundándose en que el triunfo obtenido «ha garantizado
en grado suficiente la posición de la clase obrera en su
lucha revolucionaria» -en efecto, ¿acaso no están
en el poder los terratenientes liberales?-, el 5 de marzo el Comité
ejecutivo decide reanudar el trabajo en la región de Petrogrado.
Los obreros, a las fábricas: tal es la fuerza del egoísmo
blindado de las clases ilustradas, lo mismo los liberales que
sus socialistas. Por lo visto, esta gente se imaginaba que aquellos
millones de obreros y soldados arrastrados a la insurrección
por la presión irresistible del descontento y de la esperanza,
se reconciliarían sumisamente al día siguiente del
triunfo con las mismas condiciones de vida de antes. Los caudillos
habían sacado de los libros históricos la convicción
de que así había acontecido en las revoluciones
pasadas. Pero no; tampoco en el pasado aconteció nunca
así. Para tratar a las masas como a un rebaño, también
en tiempos pasados había que recurrir a caminos sinuosos,
a toda una red de derrotas y astucias. Marat sentía muy
agudamente el cruel reverso social de las revoluciones políticas.
Por esto lo calumnian tanto los historiadores oficiales. «La
revolución sólo se realiza y es apoyada por las
clases inferiores de la sociedad, por todos esos desheredados
a quienes la riqueza insolente trata como a canallas, y a los
cuales los romanos, con su cinismo proverbial, llamaron proletarios»,
escribe un mes antes del golpe de 10 de agosto de 1792. Y se pregunta:
«¿Qué da la revolución a los desheredados?
Después de haber alcanzado, en un principio, ciertos éxitos,
el movimiento resulta, a la postre, vencido; le faltan siempre
conocimientos, habilidad, medios, armas, jefes, un plan de acción
fijo, y cae, indefenso, ante los conspiradores, que disponen de
experiencia, habilidad y astucia.» Se explica perfectamente
que Kerenski no quisiera ser el Marat de la revolución
rusa.
Uno de los antiguos capitanes de la industria
rusa, V. Auerbach, cuenta, indignado, que «el pueblo creía
que la revolución era algo así como una fiesta:
a la sirvienta, por ejemplo, no se la veía durante días
enteros; se paseaba por las calles, adornada con cintas rojas,
recorría la ciudad en automóvil y sólo volvía
a casa por la mañana, para lavarse y echarse otra vez a
la calle». Es curioso que, en su afán por presentar
la acción desmoralizadora de la revolución, el acusador
de ésta se vea obligado a pintar la conducta de la sirvienta
exactamente con los mismos rasgos que, si se exceptúa la
cinta roja, reproducen al pie de la letra la vida habitual de
las patricias burguesas. Sí, es verdad; la revolución
es celebrada por los oprimidos como una fiesta, o como la vigilia
de una fiesta, y el primer movimiento de las esclavas domésticas,
despertadas por la revolución, consiste en aflojar el yugo
de la esclavitud humillante y desesperanza de cada día.
La clase obrera, en su conjunto no podía ni quería
contentarse con las cintitas rojas como símbolo del triunfo...
para otros. En las fábricas de Petrogrado reinaba la agitación.
Muchas se negaron abiertamente a someterse a la orden dada por
el Soviet. Los obreros estaban siempre dispuestos, naturalmente,
a volver a la fábrica, pues, ¡qué otro remedio
tenían! Pero ¿en qué condiciones? Los trabajadores
exigían la jornada de ocho horas. Los mencheviques recordaban
el ejemplo de 1905, durante los cuales los obreros intentaron
implantar la jornada de ocho horas por iniciativa propia y fueron
derrotados. «La lucha en dos frente -contra la reacción
y contra los capitalistas- rebasa las fuerzas del proletariado.»
Ésta era su idea central. Los mencheviques inclinábanse
a aceptar, en general, la ruptura fatal con la burguesía
en un futuro próximo. Pero esta persuasión, puramente
teórica, no obligaba a nada. Los mencheviques entendían
que no había que forzar la ruptura. Y como quiera que la
burguesía no se pasa, precisamente, al campo de la reacción
obligada por las frase inflamadas de los oradores y periodistas,
sino presionada por el movimiento espontáneo de las clases
trabajadoras, los mencheviques se oponían con todas sus
fuerzas a la lucha económica de los obreros y campesinos.
«Las cuestiones sociales -decían- no son, actualmente,
las primordiales. Ahora, por lo que hay que luchar es por la libertad
política.» Pero los obreros no acertaban a comprender
en qué consistía esa mítica libertad. Ellos
querían, ante todo, un poco de libertad para sus músculos,
y sus nervios y ejercían presión sobre los patronos.
¡Qué ironía! Precisamente el 10 de marzo, cuando
el órgano menchevique decía que la jornada de ocho
horas no estaba a la orden del día, la Asociación
de Fabricantes, que la víspera se había visto obligada
a entablar relaciones oficiales con el Soviet, manifestaba su
conformidad con la implantación de la jornada de ocho horas
y la organización de Comités de fábrica.
Los industriales demostraban mucha más perspicacia que
los estrategas democráticos del Soviet. La cosa no tiene
nada de sorprendente: en las fábricas, los patronos se
veían frente a frente con los obreros, que en la mitad,
por lo menos, de los establecimientos petersburgueses, entre los
que figuraban la mayoría de los más importantes,
habían abandonado unánimemente las fábricas
después de las ocho horas de trabajo, tomándose
así ellos mismos lo que les negaba el gobierno y el Soviet.
Cuando la prensa liberal, enternecida, comparaba
el gesto de los industriales rusos del 10 de marzo de 1917 con
el de la nobleza francesa, el 4 de agosto de 1789, se hallaba
mucho más cerca de la verdad histórica de lo que
ella misma se imaginaba: al igual que los señores feudales
de fines de siglo XVIII, los capitalistas rusos obraban impulsados
por la necesidad y confiando en asegurarse para lo futuro, con
esta concesión temporal, la restitución de lo perdido.
Uno de los publicistas kadetes, saltando por encima de la mentira
oficial, reconocía abiertamente: «Desgraciadamente
para los mencheviques, los bolchevique han obligado ya por el
terror a la Asociación de Fabricantes a acceder a la implantación
inmediata de la jornada de ocho horas.» Ya sabemos en qué
consistía tal «terror». Indudablemente, los obreros
bolcheviques llevaban en este movimiento una parte preeminente,
y otra vez, como en los días decisivos de febrero, arrastraban
consigo a la aplastante mayoría de los trabajadores.
El Soviet, dirigido por los mencheviques,
registró con mezclados sentimientos la grandiosa victoria
obtenida en rigor contra él. Sin embargo, los caudillos,
cubiertos de oprobio, se vieron obligados a dar otro paso al frente
y proponer al gobierno provisional que publicara, antes de la
Asamblea constituyente, un decreto implantando en toda Rusia la
jornada de ocho horas. Pero el gobierno, de acuerdo con los patronos,
se opuso a ello, y, esperando días mejores, se negó
a dar satisfacción a este deseo, que le había sido
formulado sin insistencia alguna.
En la región de Moscú se entabló
la misma lucha, aunque tomó un carácter más
prolongado. El Soviet, a pesar de la resistencia de los obreros,
exigió también en Moscú la reanudación
del trabajo. En una de las fábricas más importantes,
la propuesta de continuación de la huelga obtuvo siete
mil votos contra seis mil. De modo parecido reaccionaron también
las demás fábricas. El 10 de marzo, el Soviet confirmó
nuevamente la obligación de volver inmediatamente al trabajo.
Éste se reanudó en la mayoría que las fábricas,
pero casi en todas ellas se luchó por la reducción
de la jornada. Los obreros les enmendaban la plana a sus directores
con la acción. El Soviet de Moscú, que había
resistido tenazmente, no tuvo más remedio al fin que implantar
formalmente, el día 21 de marzo, la jornada de ocho horas.
Los industriales se sometieron inmediatamente. En provincias,
la lucha continuó durante el mes de abril. En un principio,
los soviets contenían, casi en todas partes el movimiento
y resistían contra él; luego, bajo la presión
de los obreros, entablaban negociaciones con los patronos, y allí
donde éstos se mostraban reacios, se veían obligados
a decretar la jornada de ocho horas por su propia cuenta. ¡Qué
brecha en el sistema!
El gobierno se mantenía deliberadamente
al margen de estas luchas. Entre tanto, se libraba una furiosa
campaña contra los obreros bajo la dirección de
los líderes liberales. Para quebrantar la resistencia de
los trabajadores, se decidió colocar enfrente de ellos
a los soldados. La reducción de la jornada de trabajo,
se decía, implica el debilitamiento del rente. ¿Es
que durante la guerra puede nadie pensar exclusivamente en sí
mismo? ¿Es que en las trincheras cuentan los soldados el
número de horas? Cuando las clases poseedoras abrazan el
camino de la demagogia, no se detienen ante nada. La agitación
tomó un carácter furioso y fue transplantada a las
trincheras. En sus Memorias del frente, el soldado Pireiko
reconoce que la campaña de propaganda, que corría
principalmente a cargo de los socialistas de nuevo cuño
procedentes de la oficialidad, no dejaba de tener cierto éxito.
«Pero lo que perdía a los oficiales que intentaban
enfrentar a los soldados con los obreros era precisamente eso:
el ser oficiales. El soldado se acordaba demasiado bien de lo
que el oficial era para él no hacía mucho.»
Sin embargo, donde la campaña contra los obreros tomó
un carácter más agudo fue en la capital. Los industriales,
acaudillados por el estado mayor kadete, supieron encontrar recursos
y fuerzas ilimitadas para hacer propaganda entre la guarnición.
«Allá por el 20 -cuenta Sujánov-, en todas
las encrucijadas, en los tranvías, en todas partes, se
podía ver a los soldados y obreros entregados a una furiosa
lucha verbal.» Había incluso casos de colisiones físicas.
Los obreros comprendieron el peligro y le cerraron el paso hábilmente.
Para ello le bastaba contar la verdad, citar las cifras de los
beneficios de guerra, mostrar a los soldados las fábricas
y los talleres con el estruendo de las máquinas, las llamas
infernales de los hornos, aquel frente permanente obrero que les
costaba víctimas incontables. Por iniciativa de los obreros,
se organizaron visitas regulares de los soldados a las fábricas,
sobre todo, a las que trabajaban para la defensa. El soldado miraba
y escuchaba; el obrero enseñaba y explicaba. Las visitas
terminaban con una fraternización solemne. Los periódicos
socialistas publicaban numerosos acuerdos de los regimientos solidarizándose
inquebrantablemente con los obreros. A mediados de abril, el tema
que había dado origen al conflicto desapareció
de las columnas de la prensa. Los periódicos burgueses
enmudecieron. Y los obreros coronaban su victoria económica
con un gran triunfo político y moral.
Los acontecimientos relacionados con la lucha
por la jornada de ocho horas tuvieron gran importancia para el
desarrollo ulterior de la revolución. Los obreros conquistaron
unas cuantas horas libres semanales para la lectura, las asambleas
y, asimismo, para los ejercicios de fusil, que tomaron un carácter
organizado desde la creación de las milicias obreras. Después
de tan elocuente lección, los obreros empezaban a vigilar
más de cerca a los dirigentes soviéticos. El prestigio
de los mencheviques disminuyó seriamente. Los bolcheviques
se reforzaron en las fábricas y en algunos cuarteles. El
soldado se hizo más atento, más reflexivo, más
prudente, comprendiendo que alguien vigilaba por él. El
designio pérfido de la demagogia se volvió contra
sus instigadores. En vez del divorcio y la hostilidad que buscaba
consiguió sellar una inteligencia mucho más estrecha
y fraternal entre los obreros y los soldados.
El gobierno, a pesar del idilio del «enlace»,
odiaba al Soviet, a sus jefes y a su tutela, como lo puso de manifiesto
en la primera ocasión que se le presentó. Como quiera
que el Soviet realizaba funciones puramente gubernamentales y,
además, se encargaba, a instancia del propio gobierno,
de apaciguar a las masas cuando era necesario, el Comité
ejecutivo solicitó que se le concediera una modesta subvención
para sus gastos. El gobierno se negó a ello y, a pesar
de las insistencias del Soviet, mantuvo su punto de vista: no
se podía sostener con recursos del Estado una «organización
puramente particular». El Soviet se calló y las cargas
de su presupuesto fueron a pesar sobre los hombros de los obreros,
los cuales no se cansaban de hacer colectas destinadas a atender
las necesidades de la revolución.
Al propio tiempo, las dos partes, los liberales
y los socialistas, mantenían la apariencia de un afecto
recíproco sin tacha. En la conferencia panrusa de los Soviets
se declaró que la existencia de la dualidad de poderes
era una invención. Kerenski aseguró a los delegados
del ejército que en lo que se refería a los fines
perseguidos existía una completa unidad entre el gobierno
y el Soviet. Tsereteli, Dan y otras firmes columnas del Soviet,
negaron, con no menos tenacidad, la existencia del doble poder.
Por lo visto, aspiraban a reforzar un régimen fundado en
la mentira, valiéndose de ésta.
Sin embargo, el régimen se tambaleó
desde las primeras semanas. Los líderes se dedicaban incansablemente
a hacer todas las combinaciones imaginables en el terreno de la
organización, esforzábanse en apoyarse en representantes
ocasionales contra las masas: en los soldados contra los obreros;
en las Dumas, los zemstvos y las cooperativas nuevas contra los
soviets, en la provincia contra la capital, y, por último,
en la oficialidad contra el pueblo.
La forma soviética o entraña
ninguna fuerza mística; no está libre, ni mucho
menos, de los vicios de toda representación, inevitables
mientras ésta sea inevitable. Pero su fuerza consiste en
reducir todos estos vicios a su mínima expresión.
Categóricamente puede afirmarse -la experiencia lo ha de
confirmar pronto- que cualquier otro sistema de representación
que hubiera atomizado a las masas habría expresado su voluntad
efectiva en el movimiento revolucionario de un modo incomparablemente
peor y con mucho más retraso. El Soviet es la forma de
representación revolucionaria más elástica,
directa y clara. Pero esto se refiere exclusivamente a la forma,
y la forma no puede dar de sí más de lo que sean
capaces de infundirle las masas en cada momento determinado. En
cambio, puede facilitar a éstas la comprensión de
los errores cometidos y su rectificación. En esto consistía
precisamente una de las principales garantías que aseguraban
el desarrollo de la revolución.
¿Cuáles eran las perspectivas
políticas del Comité ejecutivo? Es dudoso que ninguno
de los dos jefes tuviera perspectivas meditadas hasta sus últimas
consecuencias. Sujánov afirmaba más tarde que, de
acuerdo con su plan, se cedía el poder a la burguesía
solamente por un breve plazo, a fin de que la democracia, robusteciéndose,
pudiera tomar este poder de un modo más seguro. Sin embargo,
este plan, ingenuo en sí mismo, tiene un carácter
retrospectivo evidente. Por lo menos, nadie lo formuló
a su debido tiempo. Bajo la dirección de Tsereteli, las
vacilaciones del Comité ejecutivo, si no cesaron, fueron,
por lo menos, incorporadas al sistema. Tsereteli proclamaba abiertamente
que sin un poder burgués fuerte sería inevitable
la ruina de la revolución. La democracia debía,
según él, limitarse a ejercer presión sobre
la burguesía liberal, teniendo buen cuidado de no empujarla
hacia el campo de la reacción con sus decisiones imprudentes,
y apoyándola, por el contrario, en la medida en que se
consolidase las conquistas de la revolución. Como resultado
de todo ello, este régimen intermedio debía hallar
su expresión en una república burguesa con una oposición
socialista parlamentaria.
Para aquellos prohombres, la piedra de toque
no era tanto la perspectiva como el programa de acción
al día. Los colaboracionistas prometían a las masas
obtener de la burguesía, mediante su «presión»,
una política exterior e interior democrática. Es
indiscutible que en el curso de la historia las clases dominantes,
obligadas por la presión de las masas populares, han hecho,
más de una vez, concesiones. Pero en último término,
la presión implica siempre, para ser eficaz, la amenaza
de eliminar del poder a la clase dominante y ocupar su puesto.
Mas la democracia rusa, teniendo en sus manos esta arma, no tuvo
inconveniente en ceder voluntariamente el poder a la burguesía.
Y en los momentos críticos, no era la democracia precisamente
la que amenazaba con quitarle el poder a la burguesía,
sino, por el contrario, ésta la que intimidaba a la democracia
con la amenaza de abandonarlo. Es decir, que la palanca principal
que regía la mecánica de la presión estaba
en mano de la burguesía. Así se explica que el gobierno,
a pesar de su impotencia, pudiera resistir con éxito a
toda pretensión más o menos seria de los elementos
directivos de los soviets.
A mediados de abril, hasta el Comité ejecutivo resultó ser un órgano demasiado amplio para los misterios políticos del núcleo dirigente, el cual se había vuelto definitivamente de cara a los liberales. Se eligió una Mesa formada exclusivamente por elementos de la derecha patriótica. En lo sucesivo, la gran política del Soviet se desarrolla entre bastidores. Al parecer, la situación se normaliza y consolida. Tsereteli ejerce sobre los soviets un predominio ilimitado. Kerenski sube cada vez más. Pero precisamente en este momento es cuando abajo, en las masas, empiezan a manifestarse de un modo evidente los primeros síntomas alarmantes. «Es sorprendente -dice Stankievich, uno de los elementos más allegados a Kerenski-, que precisamente en el momento en que el Comité se organizaba, en que la Mesa, compuesta exclusivamente por representantes de los partidos de la defensa nacional, asumía la responsabilidad de todas las tareas, dejara escapársele de las manos la dirección de la masa, que empezaba a apartarse de él.» ¿Sorprendente? No, sencillamente lógico.
Capítulo 13. El ejército y la guerra